Hay algo especialmente inquietante en Insaciable (Saccharine) y no tiene que ver únicamente con fantasmas, cenizas humanas o escenas de body horror. El verdadero terror de la película aparece cuando reconocemos que la obsesión de Hana por adelgazar nace de un mundo que constantemente ejerce presión sobre cómo debe verse una persona para ser aceptada.
La película dirigida por Natalie Erika James sigue a Hana (Midori Francis), una estudiante de medicina convencida de que necesita cambiar su cuerpo. En su búsqueda por adelgazar rápidamente, se somete a un programa de entrenamiento extremo y termina recurriendo a unas misteriosas cápsulas que prometen resultados casi milagrosos.
Aunque la historia lleva esta obsesión al terreno sobrenatural, muchas de las situaciones que enfrenta Hana resultan incómodamente familiares y actuales: retos para perder peso, productos milagro, rutinas extenuantes, comparaciones constantes y la sensación de que siempre tenemos que estar cambiando algo para convertirnos en una “mejor versión” de nosotros mismos.
Precisamente por eso, Insaciable funciona mejor cuando dejamos de verla únicamente como una película de terror y empezamos a observarla como una crítica a la manera en que aprendemos a relacionarnos con nuestros cuerpos.

Insaciable y la obsesión por adelgazar: ¿cuándo el bienestar deja de ser saludable?
Uno de los puntos más interesantes de la película es que muchas de las cosas que llevan a Hana al límite pueden parecer, en principio, un interés por cuidar su salud, hacer ejercicio o superarse. El problema es distinguir cuándo estamos cuidándonos y cuándo esa necesidad de mejorar empieza a convertirse en una obsesión.
Con motivo del estreno de Insaciable, Diamond Films México organizó un encuentro con Alejandra Palomera, especialista en Nutrición y Psicología, en el que tuvimos la oportunidad de conversar sobre los temas que plantea la película y su relación con la realidad actual.
“Si tú ves este contenido y te genera angustia, es una señal. Podemos ser muy reflexivos sobre qué es lo que queremos consumir, porque la alimentación y la forma en la que nos nutrimos no tienen solamente que ver con los alimentos, sino con todo lo que seleccionamos a nuestro alrededor: el contenido en redes sociales, las marcas que compramos y los influencers o creadores de contenido que seguimos”, explicó.

La reflexión resulta especialmente relevante en una época en la que las redes sociales pueden convertir cualquier rutina, producto o tendencia en una supuesta receta para transformar nuestro cuerpo. No se trata de decir que hacer ejercicio o cuidar la alimentación sea negativo, sino de identificar cuándo esas decisiones comienzan a estar determinadas por la comparación.
Palomera propone una pregunta sencilla para cuestionar este tipo de contenido: “Esa persona que me está vendiendo esto, ¿qué intención tiene? ¿Tiene una intención de que yo le compre el producto o realmente está siendo muy asertivo con vendernos un producto que tenga que ver con la salud?”.
En Insaciable, esa diferencia prácticamente desaparece. Hana ya no busca sentirse mejor: está convencida de que necesita cambiar.
Productos milagro, retos extremos y el entorno de Hana

La película lleva esta idea al extremo, pero detrás de las cápsulas y el entrenamiento de Hana hay algo mucho más cercano: la promesa de transformar el cuerpo rápidamente y con el mínimo esfuerzo.
“Cualquier producto milagroso que nos prometa bajar de peso o aumentar masa muscular de manera casi inmediata y sin ningún esfuerzo es una red flag”, advierte la especialista. “De eso vive toda la parte del producto milagro, porque bajar de peso, aumentar masa muscular y tener hábitos saludables tiene un elemento con el que estamos peleando todos y todas que es el tiempo y la constancia”.
La misma lógica aparece en el reto de 12 semanas al que Hana se somete, donde su cuerpo termina convertido en una meta que debe alcanzar en un plazo determinado.
“No promovería un reto dentro de una escuela o dentro de un grupo de adolescentes. Nos está hablando de algo que es alcanzable a corto plazo, sin instalar hábitos ni hacerlo desde el deseo genuino de mantener esos hábitos saludables”.
La película también deja pensando si Hana pudo haber tomado otro camino antes de llegar al límite y cuánto influyó su entorno. Para Palomera, era importante prestar atención a los cambios físicos y emocionales de la protagonista y contar con redes de apoyo más presentes.

“Ella se da cuenta ya al final que está en los 40 kilos, entonces eso fue alarmante porque las primeras semanas lo que hace es aplaudir ese gran cambio en la pérdida de peso y no instalar qué es lo que está sucediendo desde las primeras semanas de un cambio de peso significativo”.
Pero también había señales emocionales que podían haber despertado preocupación. “Hana de pronto era muy solitaria, desaparecía. Ahí pudo haberse creado una relación con alguien mucho más presente y más curiosa de qué era lo que estaba pasando más allá de la dieta y el ejercicio”, señala la especialista, quien también destaca la falta de atención de la madre de Hana ante lo que estaba viviendo su hija.
Acompañar a alguien en una situación así tampoco significa juzgar su cuerpo o imponerle una solución. “Esta conversación de ‘no hablar de los cuerpos ajenos’ nos ha llevado a una polarización”, explica la especialista. “La manera en la que podemos acercarnos a personas que podemos ver que están en riesgo es desde el interés genuino. Nombrarlo desde lo que a mí me pasa, no señalando, no ajustando, no haciendo comparaciones, y preguntar a la persona si requiere apoyo”.
Frente a esa presión por encajar en una determinada imagen, Palomera propone mirar más allá de la apariencia: “Soy mucho más que una imagen y soy mucho más que lo que consumo en mi alimentación y en el ejercicio que hago”.
