Lo más inteligente que hace Obsession es engañarnos. Durante buena parte de la película creemos que estamos viendo una historia de horror sobre una mujer obsesiva, errática y profundamente perturbadora. Sin embargo, conforme la trama avanza, descubrimos que la verdadera pesadilla es otra y que ella es cualquier cosa menos la villana.
Es precisamente en ese giro donde esta producción independiente (realizada con apenas 750 mil dólares) encuentra algo que muchas superproducciones millonarias jamás consiguen: una idea genuinamente inquietante que se queda rondando en la cabeza mucho después de que terminan los créditos.
Porque lo más aterrador de Obsession no son las imágenes grotescas, la violencia física o los momentos de horror corporal que inevitablemente te hacen pasar un mal rato. Lo verdaderamente inquietante es que todo nace de la fantasía romántica de ser dueños del corazón ajeno.
¿De qué trata Obsession?

La historia sigue a Bear (Michael Johnston), un empleado de una tienda de música que lleva años enamorado en secreto de Nikki (Inde Navarrete), su amiga y compañera de trabajo. Incapaz de confesar lo que siente, termina recurriendo a un extraño objeto sobrenatural para pedir un deseo aparentemente inocente: que Nikki lo ame más que a nadie en el mundo.
El deseo se cumple pero en lugar de encontrar la felicidad que imaginaba, Bear presencia cómo la realidad comienza a deformarse frente a sus ojos. La atención que siempre soñó recibir se convierte en una obsesión enfermiza capaz de destruir la identidad de la persona que decía amar.
La película de terror que convierte el amor obsesivo en una pesadilla psicológica
Lo brillante de Obsession es que utiliza una premisa sencilla de «ten cuidado con lo que deseas» para construir algo mucho más complejo de lo que parece.

Al principio, la película juega con nuestra percepción. Nikki comienza a comportarse de forma cada vez más errática, invasiva y perturbadora. No puede separarse de Bear, vigila cada uno de sus movimientos y parece dispuesta a hacer cualquier cosa para permanecer a su lado.
Como espectadores, es fácil asumir que Nikki es el monstruo de la historia. Incluso hay momentos en los que la incomodidad de sus acciones provoca una risa nerviosa. Pero conforme la historia avanza, se revela algo mucho más devastador.
Y es que la verdadera Nikki sigue ahí: atrapada dentro de su propio cuerpo, plenamente consciente de lo que está ocurriendo e incapaz de detenerlo y prisionera de un amor que nunca eligió sentir.
Es en ese momento cuando Obsession deja de ser una historia sobre una maldición sobrenatural y se convierte en algo mucho más perturbador: una historia sobre la pérdida absoluta de voluntad.
El verdadero monstruo nunca fue Nikki

Si hay algo en lo que parecen coincidir espectadores y críticos, es en que el verdadero villano de la historia no es Nikki, sino Bear.
Porque aunque Bear inicialmente se horroriza por lo que está ocurriendo, también es incapaz de enfrentar las consecuencias de sus propias acciones. Una y otra vez elige aferrarse a la fantasía de ser amado antes que aceptar la realidad.
Incluso cuando descubre el sufrimiento de Nikki, cuando finalmente conoce la forma de romper el hechizo y cuando ella misma le suplica que termine con su tormento. Incluso cuando comprende que los sentimientos que recibe no son reales y que la persona frente a él ha perdido por completo la capacidad de elegir.

Y ahí es donde la película encuentra su crítica más poderosa. Porque no existe nada romántico en obligar a alguien a amarte. No existe amor cuando desaparece el consentimiento. No existe conexión cuando una persona deja de tener la capacidad de elegir.
Por eso Obsession genera una sensación tan incómoda después de terminar. No porque sea especialmente vi*lenta o porque tenga efectos visuales impactantes, sino porque nos obliga a replantearnos cuántas veces hemos visto (o vivido en carne propia) historias que romantizan la obsesión, la dependencia emocional, la posesión y la incapacidad de aceptar un no.
Puede que la película no sea perfecta. Su humor incómodo, su tono extraño y algunos excesos narrativos inevitablemente dividen opiniones. Pero incluso con su costo microscópico y el origen de Youtube del director, está tan bien construida que logra quedarse en la cabeza mucho después de verla.
