Estamos acostumbrados a que Tom Cruise nos sorprenda con sus acrobacias, sus persecuciones y esas ocurrencias que lo convierten en uno de los héroes de acción más icónicos del cine. Pero esta vez la sorpresa está en verlo desaparecer detrás de un personaje completamente distinto: un magnate petrolero excéntrico, envejecido y tan convencido de su propia genialidad que parece vivir en una realidad paralela.
En Digger, Alejandro González Iñárritu lleva a Cruise a un terreno inesperado y convierte su transformación en la puerta de entrada a una sátira tan absurda como incómoda.
La película sigue a Digger Rockwell (Cruise), un multimillonario cuya enorme fortuna está ligada a la industria petrolera y que termina enfrentándose a una crisis ambiental de proporciones gigantescas. A partir de ahí, Iñárritu construye una historia que mezcla comedia negra, drama y sátira mordaz para hablar del poder, el ego y nuestra necesidad de creer que tenemos el control, incluso cuando la realidad demuestra lo contrario.
Tom Cruise se transforma en Digger, un personaje completamente inesperado

Lo primero que llama la atención es, por supuesto, el aspecto de Tom Cruise. El actor desaparece prácticamente por completo detrás de prótesis, cabello canoso, sobrepeso y un acento que lo aleja por completo de la imagen del héroe de acción que ha construido durante décadas. Pero la verdadera transformación está en su interpretación.
Digger es un hombre que está acostumbrado a que el mundo se mueva a su alrededor. Su dinero, influencia y personalidad desbordante lo han convencido de que prácticamente cualquier problema tiene una solución mientras él tenga el control. Cruise interpreta a este megalómano sin convertirlo en una caricatura. Y es que aunque Digger es ridículo, también muestra un lado vulnerable y extrañamente entrañable que se refleja en la relación con su anciana gata Maggie.

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Esa es sin duda, una de las grandes sorpresas de la película. Cruise demuestra que detrás del especialista en acrobacias y del actor asociado con su genética bendecida, hay un intérprete dispuesto a convertirse en algo completamente diferente por un papel. Su manejo de la voz, los gestos, el cuerpo y los largos monólogos demuestra un rango que pocas veces tiene oportunidad de mostrar en sus grandes producciones de acción.
Digger: una sátira sobre el poder y la crisis climática
Iñárritu podría haber convertido la crisis climática en un discurso solemne sobre la necesidad de cambiar nuestros hábitos para salvar el planeta. Sin embargo, hace algo mucho más arriesgado: construye un mundo donde la catástrofe se convierte en un enorme espectáculo y donde lo importante parece ser quién consigue controlar la historia que se contará sobre esta.

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El objetivo de la cinta no es necesariamente que entendamos el desastre de forma literal, sino mostrarnos lo ridículo y artificial que puede ser el comportamiento de las élites ante una catástrofe. Las grandes crisis se convierten en un espectáculo donde lo importante es controlar la imagen, manejar la información y hacer que los responsables parezcan los salvadores y Digger representa precisamente esa lógica.
No es un villano tradicional que simplemente quiera destruir el mundo sino que es mucho más interesante el hecho de estar convencido de que sus decisiones son correctas. Su problema es que su realidad está completamente alterada por el poder que ha acumulado y los personajes que lo rodean amplifican esa mirada.

El presidente, interpretado por John Goodman, forma parte de un sistema político que debe decidir entre enfrentar una crisis o proteger los intereses que mantienen funcionando el orden establecido. Los militares, por otro lado, representan la tentación de responder a problemas complejos con soluciones inmediatas y contundentes (a menudo nada pacíficas). Todos juntos son completamente absurdos, dejando una sensación incómoda de cómo operan quienes están a cargo.
Iñárritu no parece pretender que nos preguntemos sobre cómo vamos a salvar el planeta, sino cuestionar qué ocurre cuando quienes tienen el poder están convencidos de que ya lo están salvando.
Además de Cruise e Iñárritu, el resto del elenco definitivamente está a la altura del caos en la historia. John Goodman es explosivo y desquiciado, mientras Riz Ahmed aporta el contrapunto más humano como Ganesh, el científico que intenta advertir sobre la gravedad de la situación.

Sandra Hüller, por su parte, aprovecha cada aparición como Emma Rockwell, con una energía que contrasta muy bien con la de Cruise. Y todo esto cobra todavía más fuerza gracias a la fotografía de Emmanuel Lubezki, que mueve la cámara con la fluidez de una puesta teatral y convierte a estos personajes en una especie de marionetas dentro de un enorme escenario.
Digger podrá estar dividiendo opiniones, pero sería injusto decidir si vale la pena verla únicamente a partir de ellas. Es una película que necesita experimentarse en pantalla grande porque nada de lo que te cuenten se compara con verla, digerirla y sacar tus propias conclusiones. Además, su filmación en formato analógico VistaVision de 35 mm hace que la experiencia visual cobre todavía más fuerza y que cada detalle se aprecie de una manera que difícilmente puede trasladarse a una reseña.
Iñárritu no necesitaba hacer otra película sobre el fin del mundo como intento de aleccionarnos. Le bastaba con mirar cómo los seres humanos intentamos convencernos de que seguimos teniendo el control cuando ya no lo tenemos.
