No se desea buena suerte

La hija de Adam Sandler protagoniza la película de Netflix que está sorprendiendo con su conmovedora historia

Si buscas una película para ver en Netflix que consiga hacerte reír, emocionarte y, probablemente, llorar, No se desea buena suerte (Don’t Say Good Luck), podría ser una buena sorpresa. La historia parece sencilla en un principio, pero detrás de su fachada de drama adolescente hay una reflexión bastante más bonita sobre crecer y aprender a enfrentar los cambios que llegan cuando menos los esperamos.

La película sigue a Sophie Birenbaum (Sunny Sandler), una adolescente apasionada por el teatro musical que consigue una oportunidad que llevaba tiempo soñando: protagonizar el musical de su escuela. Entre ensayos, amistades, primeros amores y las inseguridades propias de esa edad, Sophie comienza a descubrir que estar sobre un escenario también puede convertirse en una forma de entender todo aquello que le cuesta expresar fuera de este.

Y aquí es donde las cosas se ponen más profundas. La directora y guionista, Julia Hart, no utiliza el teatro únicamente como un escenario para contar una historia de amor o de superación, sino como una herramienta para hablar (o mejor dicho, cantar) de las emociones que sus personajes no pueden simplemente expresar con palabras. Sophie está creciendo, pero eso no significa que tenga respuestas para todo. Lo más interesante es que lo hace a través de la obra musical Waitress, cuya idea principal gira en torno a una joven, el legado de su madre y la llegada de su propia maternidad.

No se desea buena suerte
Sunny Sandler sorprende con su talento en esta cinta/ Netflix

Una película de Netflix que encuentra emoción sin exagerar

El corazón de la historia está en la relación entre Sophie y su madre Elizabeth, interpretada por Melanie Lynskey, quien está atravesando una recaída por un cáncer que imposibilita estar presente en el momento más importante de su hija. La película podría haber caído fácilmente en el melodrama y convertir cada escena familiar en un intento evidente por hacernos llorar, pero prefiere construir su emoción desde momentos mucho más cotidianos.

Hay conversaciones incómodas, pequeños desacuerdos, bromas familiares y momentos aparentemente insignificantes que terminan teniendo mucho más peso del que parecen. Esa decisión hace que la relación entre madre e hija se sienta cercana y evita que los personajes parezcan estar ahí únicamente para cumplir una función dentro de la trama.

No se desea buena suerte
La película de Netflix está protagonizada por Sunny Sandler, hija de Adam Sandler, junto a Melanie Lynskey. / Netflix

También ayuda mucho que No se desea buena suerte no presente la adolescencia como una etapa llena exclusivamente de problemas. Sophie sigue teniendo un amor platónico, preocupaciones escolares, una mejor amiga y sueños propios. Su vida no deja de avanzar porque existan problemas familiares, y justamente esa contradicción hace que la historia resulte más humana.

Otro de los grandes aciertos es la elección de Waitress: The Musical como la obra que Sophie debe interpretar. Las canciones funcionan como un reflejo de lo que está viviendo y permiten que algunas emociones que serían difíciles de explicar mediante diálogos aparezcan naturalmente a través de la música. El escenario termina siendo ese lugar donde puede decir, cantar y sentir cosas que todavía no consigue poner en palabras.

Sunny Sandler demuestra que puede sostener la película

Que la protagonista de esta historia sea la hija de Adam Sandler inevitablemente genera curiosidad, especialmente porque su carrera ha estado vinculada en buena medida a las producciones de su padre. Sin embargo, No se desea buena suerte le da algo diferente: una protagonista que necesita transmitir vulnerabilidad, inseguridad y entusiasmo sin convertirlos en algo exagerado.

No se desea buena suerte
No se desea buena suerte es una nueva película de Netflix que mezcla drama adolescente, música y emociones familiares/ Netflix

Sandler consigue que Sophie se sienta como una adolescente real. No siempre sabe qué decir, toma decisiones cuestionables y en algunos momentos simplemente no sabe cómo reaccionar ante lo que está ocurriendo. Esa naturalidad termina jugando a su favor, especialmente cuando comparte pantalla con Melanie Lynskey.

Lynskey, por su parte, aporta esa mezcla de calidez y vulnerabilidad que hace que Elizabeth nunca se sienta como un personaje construido únicamente para provocar lágrimas. La química entre ambas es, probablemente, lo que termina sosteniendo buena parte del peso emocional de la película.

Esta cinta no pretende reinventar el coming-of-age ni convertirse en el drama más devastador que hayas visto. Su encanto está precisamente en algo mucho más sencillo: contar una historia sobre crecer mientras la vida cambia a tu alrededor y recordar que incluso en los momentos difíciles todavía hay espacio para reír, cantar, enamorarse y disfrutar de las personas que queremos.

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