La animación hace rato dejó de ser “solo para niños» y proyectos como Soy Frankelda vienen a confirmarlo con fuerza. Lo que antes se veía como al meramente infantil, hoy se entiende como lo que realmente es: un medio con posibilidades infinitas para contar historias complejas, oscuras y profundamente humanas. Y en ese contexto, México acaba de dar un paso enorme.
Netflix adquirió los derechos globales de Soy Frankelda, la película en stop-motion dirigida por los hermanos Arturo Ambriz y Roy Ambriz, que funciona como precuela de la serie que estrenaron en Max en 2021. Su lanzamiento mundial está previsto para este 2026 y, más que sumar un título al catálogo, marca un momento clave para la animación mexicana.
Un logro que derriba barreras

Desarrollada por el estudio independiente Cinema Fantasma, Soy Frankelda rompió esquemas desde que se convirtió en el primer largometraje mexicano realizado completamente en técnica stop-motion, un trabajo minucioso, artesanal y verdaderamente obsesivo que implica animar cuadro por cuadro cada parte en movimiento.
Cabe destacar que la película recaudó 49.88 MDP, cuando tuvo un presupuesto estimado inferior a los 15 millones de pesos mexicanos. Ahora, que una plataforma como Netflix apueste por una historia tan particular, oscura, gótica, profundamente mexicana, dice mucho sobre hacia dónde se está moviendo la industria.
En enero, la película fue nominada a Mejor Largometraje Independiente en los Premios Annie, los premios más prestigiosos de la industria de la animación y aunque no logró colarse en la lista de los Premios Oscar, no estuvo nada alejada.
A esto se suma un respaldo clave: el de Guillermo del Toro, quien fungió como mentor creativo del proyecto. No es menor que alguien que ha llevado el stop-motion a otro nivel valide así una obra. Cuando dice que Frankelda es “un triunfo de la visión y el amor por el oficio”, no suena a cumplido… suena a sello de garantía.
¿De qué trata Soy Frankelda?

Ambientada en el México del siglo XIX, la película sigue a Frankelda, una escritora cuya imaginación, tan brillante como incómoda, es constantemente rechazada. Obligada a reprimir su voz, termina enfrentándose -literalmente- a sus propios monstruos cuando estos cobran vida.
Lo interesante aquí no es solo la premisa fantástica, sino lo que hay debajo: una historia sobre la censura, la creación, el miedo y el poder de contar historias. Todo atravesado por una estética que mezcla horror gótico con identidad mexicana.
Y ahí está la clave de por qué Netflix la quiere: Soy Frankelda no intenta parecerse a nada más, no suaviza su tono, no simplifica su narrativa, no “traduce” su esencia para ser más digerible y al final, es universal.
La adquisición también marca un cambio interesante en la industria: las plataformas ya no solo producen desde cero, también están mirando hacia proyectos independientes con identidad fuerte, listos para dar el salto global.
Netflix ya ha dejado más que claro que sus movimientos pueden ser una mina de oro para la animación. En 2023, la plataforma adquirió (salvó) Nimona. La película pertenecía a Blue Sky Studios, pero tras la compra por parte de Disney, el estudio cerró en 2021 cuando la cinta ya estaba casi terminada. El proyecto quedó en el aire… hasta que Netflix y Annapurna decidieron rescatarlo y terminarlo.
El resultado fue todo lo contrario a lo esperado: Nimona se estrenó en 2023, fue aclamada por la crítica y hasta consiguió una nominación al Oscar.
Y ni hablar del caso KPop Demon Hunters que si bien ya contaba con un presupuesto masivo gracias a Sony Pictures Animation, Netflix fue quien terminó asegurando la rentabilidad inmediata al adquirir los derechos de distribución y explotación de ésta.
