Frankenstein de Guillermo del Toro

Con su versión de ‘Frankenstein’, Guillermo del Toro honra a Shelley y profundiza en la humanidad de ‘La criatura’

Si hay un clásico que ha marcado para siempre el terror y la ciencia ficción, es Frankenstein de Mary Shelley. Desde su publicación en 1818, la historia del hombre que desafía a la muerte ha permeado la literatura, el cine y la cultura popular, generando incontables adaptaciones. Pero pocas se atreven a mirar ese mito con tanta sensibilidad como Guillermo del Toro. Su versión, un drama romántico, íntimo y profundamente emocional, busca explorar la necesidad humana de conexión, la herida del abandono y la posibilidad de redención a través de la empatía y el perdón.

Con una mirada compasiva hacia la Criatura y una representación más incómoda de Victor Frankenstein, Guillermo del Toro ofrece una adaptación visualmente deslumbrante y llena de matices que permanece en la mente mucho después de terminar.

Frankenstein de Guillermo del Toro
La estética visual potencia una historia marcada por el dolor y la compasión/ Netflix

Un Frankenstein más humano la historia vista desde la herida

En esta versión, Victor Frankenstein (Oscar Isaac) no es solo un científico ambicioso: es un hombre marcado por una infancia rota, por la pérdida de su madre y por un padre emocional y físicamente abusivo que moldea su visión del mundo. A diferencia del Victor de Shelley, criado en una familia amorosa y motivado por la pura curiosidad científica, el Victor de Del Toro actúa impulsado por un trauma profundo. Su obsesión por vencer a la muerte es, en realidad, un grito desesperado por corregir el dolor que arrastra desde niño.

Cuando da vida a la Criatura (Jacob Elordi) siente un chispazo de auténtica alegría por haber logrado lo imposible, pero esa euforia se quiebra en segundos. El rechazo inmediato, causado por miedo y falta de compasión, ese primer acto de crueldad, es lo que define todo.

Frankenstein de Guillermo del Toro
Un relato que cuestiona quién es el verdadero monstruo

Pero la Criatura de Del Toro no es un monstruo. Es un ser inteligente, sensible y articulado, muy distinto al monstruo torpe del cine de 1931 o a la versión más violenta del texto original. Sus actos oscuros no nacen del mal puro, sino de accidentes, defensa propia y una soledad insoportable. Es un hijo abandonado a un mundo que lo rechaza sin siquiera escucharlo.

Incluso Elizabeth (Mia Goth), que en la novela es más pasiva y víctima de las circunstancias, aquí se convierte en una mujer brillante y curiosa que es la única capaz de ver a la Criatura con auténtica humanidad, un contraste poderoso frente a la incapacidad de Victor para ofrecer la misma compasión.


Empatía, redención y un final que cambia todo

Del Toro se mantiene fiel al espíritu de Shelley, pero se atreve a cambiar lo necesario para actualizar su mensaje. Eleva la historia a una reflexión sobre la responsabilidad emocional, la herida intergeneracional y la monstruosidad humana que nace de la falta de amor.

La estética gótica, los efectos prácticos y la dirección de arte meticulosa convierten cada escena en una pintura romántica. Pero más allá de lo visual, lo que define esta película es su corazón. A esto se suma un score estremecedor de Alexandre Desplat que te eriza la piel de principio a fin.

Frankenstein de Guillermo del Toro
Del Toro reinterpreta el mito para explorar trauma, culpa y necesidad de amor/ Netflix

Del Toro conduce la historia hacia un cierre profundamente emocional. Su mensaje es claro: la verdadera humanidad no reside en el origen ni en la perfección del cuerpo, sino en la capacidad de sentir, reconocer el daño y buscar redención desde la empatía.

Disponible en Netflix desde noviembre de 2025, Frankenstein de Guillermo del Toro no es un simple remake. Es una obra profundamente humana que replantea quién es realmente el monstruo y qué significa, en el fondo, ser visto y amado.

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