Si alguien hubiera dicho hace diez años que Disney empezaría a rehacer casi todas sus películas animadas en versión live-action, probablemente habría parecido una idea emocionante. Hoy la reacción suele ser muy distinta. Ya no sorprende que exista otro remake; lo que sorprende es encontrar uno que realmente justifique su existencia. Moana es el ejemplo más reciente de ese dilema.
Y lo curioso es que no estamos frente a una mala película.
La nueva versión dirigida por Thomas Kail conserva prácticamente intacta la historia de la animación de 2016. La talentosa Catherine Laga’aia debuta como una Moana convincente, mientras Dwayne Johnson vuelve a interpretar a Maui, personaje que se convirtió en uno de los favoritos de los fans, cuando le prestó voz en 2016. La producción respeta la cultura polinesia, mantiene las canciones más recordadas y ofrece un despliegue visual ambicioso. Entonces, ¿por qué sigue sintiéndose como una oportunidad desperdiciada?
Moana deja al descubierto una crisis creativa que Disney lleva años intentando ocultar

La historia no cambia demasiado (o nada) respecto a la versión animada de 2016. Moana sale de Motunui para emprender un viaje en busca del semidiós Maui con el objetivo de devolver el corazón de Te Fiti y detener la oscuridad que amenaza con consumir su hogar.
El problema del live-action de Moana no es si respeta o no la película animada. De hecho, la respeta demasiado. Conserva prácticamente la misma historia, las mismas canciones, los mismos personajes y buena parte de la estructura visual que convirtió a la cinta de 2016 en uno de los mayores éxitos recientes del estudio.
Y justamente ahí aparece el verdadero conflicto. No porque la película esté mal hecha, sino porque cuesta encontrar una razón para volver a contar una historia que apenas tiene diez años.
Ahí es donde Moana deja de ser simplemente otro remake y se convierte en el síntoma de algo mucho más grande. De un Disney que parece haber perdido la confianza para crear los clásicos que marcarán a la próxima generación y que, en cambio, prefiere reciclar aquellos que todavía ni siquiera han dejado de pertenecer a la anterior.

La gran paradoja del «live-action» es que casi todo sigue siendo animación
Disney insiste en vender estas películas como adaptaciones de acción real. Pero Moana tiene una contradicción difícil de ignorar: casi nada se ve ni se siente real. Los poderes de Maui, los animales, Te Kā, Te Fiti y Tamatoa, gran parte de los escenarios e incluso muchos fondos existen únicamente gracias al CGI. Entonces aparece una pregunta inevitable, ¿qué convierte realmente a esta película en un live-action?
Casi todo continúa siendo una producción generada por computadora y se nota que los actores no supieron qué hacer con ello para que, como audiencia, no pensemos en ello.
Paradójicamente, el estudio terminó sustituyendo una animación extraordinaria por otra animación extraordinaria. Solo que esta vez con personas en medio. Y eso hace que el supuesto salto al realismo nunca termine de sentirse como un verdadero cambio de lenguaje cinematográfico.
No estamos viendo una reinterpretación. Estamos viendo la misma película con un acabado diferente, justo en una era en la que la inteligencia artificial ha vuelto cada vez más fácil replicar una imagen sin el esfuerzo de crear algo nuevo.

¿A quién intenta emocionar este remake?
Los remakes de Disney siempre se han apoyado en la nostalgia pero la película original de Moana se estrenó en 2016. No pertenece a la infancia de una generación que hoy ronde los cuarenta o cincuenta años, como ocurría con La Bella y la Bestia, Aladdín o El Rey León.
Su público original apenas está entrando a la adultez y los niños de hoy pueden descubrir la versión animada (incluyendo la segunda parte que apenas estrenó en 2025) en Disney+ con una calidad visual que sigue siendo espectacular. Aún no necesita ser restaurada, remasterizada, redoblada ni nada. Entonces surge otra pregunta difícil de responder: ¿quién necesitaba realmente este remake?
Disney está confundiendo fidelidad con creatividad

Durante décadas, Disney construyó su prestigio adaptando cuentos clásicos, leyendas y novelas, pero nunca se limitó a trasladarlos a la pantalla tal como eran. Los reinterpretaba, los transformaba y les imprimía una identidad propia que terminaba convirtiéndolos en algo completamente distinto.
Incluso sus primeros remakes en acción real parecían responder a esa misma intención creativa: La Cenicienta de Kenneth Branagh encontró un rumbo propio sin traicionar el clásico, mientras que 101 Dálmatas convirtió a Glenn Close en una Cruella inolvidable que no intentaba imitar al personaje animado, sino hacerlo suyo.
Había una visión detrás de esas películas. Hoy, en cambio, esa ambición parece haberse diluido. Muchos de los nuevos live-action ya no parecen responder a una necesidad artística, sino a una estrategia comercial basada en apostar por historias que ya funcionaron antes. Esa decisión puede terminar transmitiendo la idea de que el público solo quiere volver a consumir lo que ya conoce, cuando quizá también está esperando que Disney vuelva a sorprenderlo.
